Social

Vamos a empezar con psicología social, el tema 8 cuyo título es conductas de ayuda.
Introducción
La conducta prosocial, la conducta de ayuda y el altruismo han captado la atención de los psicólogos sociales desde hace décadas.
Historia del estudio de la conducta de ayuda desde la psicología social.
En 1908, William McDougall escribió un manual introductorio de Psicología Social donde examinamos el impacto ejercido por las variables sociales en el comportamiento. Una de esas variables era la conducta prosocial. McDougall afirmaba que dicho comportamiento se producía como consecuencia del instinto parental. sin embargo, debido a que la corriente dominante en aquella época era el conductismo, basado en la psicología como ciencia del comportamiento, en la que sólo tenía cabida el estudio de la conducta manifiesta como reacción a los estímulos del medio físico, biológico y social, la idea de una causa interna no observable, como el instinto, no tuvo mucho éxito en la disciplina. Tras un vacío de casi sesenta años, no fue hasta los setenta del siglo pasado cuando se comenzaron a escribir monografías sobre el tema, y hasta mediados de los ochenta cuando el altruismo y la conducta de ayuda empezaron a aparecer como áreas de interés en los manuales de Psicología Social.
Lo llamativo es que un solo hecho hizo que la conducta de ayuda resultase atractiva para su estudio por parte de la Psicología Social. Muchos autores coinciden en señalar la muerte, en 1964, de Kitty Genovese como el momento a partir del cual se disparó el interés por el estudio de la conducta de ayuda, aunque ya se había empezado a investigar a finales de los años 50. Tras el vacío de los años precedentes, en los 15 años siguientes a este acontecimiento se publicaron más de mil trabajos de investigación sobre el tema.
Este suceso llamó la atención de dos psicólogos sociales, Latané y Darley, quienes comenzaron a investigar el efecto del espectador. Su principal objetivo era determinar cuándo las personas ayudaban y cuándo no lo hacían. Entre los años 70 y 80, el interés se centró en averiguar por qué se ayuda, lo que originó un debate sobre si se hacía por intereses personales o porque realmente se estaba motivado para satisfacer las necesidades del otro. Fue en los años noventa cuando se comenzó a estudiar por qué los individuos forman grupos para ayudar a otros y cuál es la mejor forma de gestionar el comportamiento de ayuda planificado.
Kitty Genovese
Escena del crimen
CONCEPTOS BÁSICOS:
  • CONDUCTA PROSOCIAL
  • CONDUCTA DE AYUDA
  • ALTRUISMO
  • COOPERACIÓN
Los términos de “conducta prosocial” y “altruismo” se utilizan con frecuencia de forma intercambiable. Sin embargo, hay diversas características que los distinguen.
  • CONDUCTA PROSOCIAL es un término general que se refiere a todos los comportamientos que benefician a los demás, gracias a los cuales la sociedad funciona mejor, como por ejemplo, cumplir las normas o reciclar la basura. Puede estar basada en una mezcla de motivos altruistas y egoistas.
  • CONDUCTA DE AYUDA es cualquier acción que benficia o mejora el bienestar de una o varias personas en particular, como por ejemplo, ayudar a levantarse a alguien que se ha caido.
  • ALTRUISMO es mucho más concreto, tienen un componente adicional a las conductas prosocial y de ayuda, y es que la motivación de la persona que realiza la ayuda se caracteriza por el énfasis en las necesidades del otro. Una conducta altruista es una acción que proporciona beneficios a otro sin la expectativa de recibir nada a cambio, y cuyo fin último es aumentar el bienestar de quien o quienes reciben la ayuda.
  • COOPERACIÓN incluye a dos o más personas que trabajan conjuntamente hacia una meta común que les beneficiaría a todos.
 Uno de los grandes debates sobre el comportamiento de ayuda y el atruismo se refiere si realmente somos capaces de ayudar a los demás sin pretender obtener nada a cambio. En los últimos años se ha acabado aceptando que el altruimo existe, a pesar de que, siga quedando algún detractor de esta postura.

TRES NIVELES DE ANÁLISIS EN EL ESTUDIO DE LA CONDUCTA DE AUDA, LA CONDUCTA PROSOCIAL Y EL ALTRUISMO
Los orígenes de las tendencias prosociales en las personas
  • Las teorías de la evolución
  • Bases biológicas de la conducta prosocial

Las teorías de la evolución

Desde las teorías neodarwinistas de la evolución, el altruimos no se define en términos motivacionales, como en Psicología Social, sino en función de sus consecuencias. Los tres mecanismos principalmente propuestos desde esta perspectiva para explicar por qué las personas ayudan a los demás son:
  • Selección de parentescos
  • Altruismo recíproco
  • Selección de grupos
Las tres explicaciones coinciden en afirmar que las tendencias prosociales existen en los humanos porque estamos genéticamente predispuestos a actuar prosocialmente, y por el éxito que ha acompañado a lo largo de la evolución a las personas y grupos que han realizado este tipo de comportamientos.
  • SELECCIÓN DE PARENTESCO se basa en lo que realmente es importante para la supervivencia de una especie, es el éxito en la transmisión genética a los mienbros de las generaciones siguientes (Hamilton, 1964). Por tanto, la respuesta a la pregunta ¿Ayudamos más a nuestros hermanos, o hijos, que a los desconocidos? Desde este enfoque sería un rotundo SI. Por ejemplo, los padres que prefieren el bienestar de sus hijos antes que el propio tienen mayor probabilidad de que sus genes se conserven, ya que sus hijos se encargarían de continuar la transmisión de esos genes. Esto se denomina eficacia biológica inclusiva, y es lo que explica que este tipo de conductas no se hayan extinguido con los que la realizaban. La literatura muestra que existe una correlación entre el porcentaje de genes que dos individuos comparten y la voluntad de ayudarse  entre sí , así como que los personas están más dispuestas a ayudar a sus familiares que a quienes no lo son (Barret, Dunbar y Lycett, 2002).
Estos trabajos han recibido diferentes críticas. Algunas de ellas se refieren a que los resultados podrían explicar también por el funcionamiento de la norma de la responsabilidad social (hay que ayudar a los que dependen de nuestra ayuda), o a que la concepción de “familia” no es igual en todas las culturas. El problema con la perspectiva por parentesco es que está excesivamente  centrada en el enivel genético, y no permite explicar fenómenos que se dan a otros niveles. Es bastante probable que, en tiempos de nuestros ancestros, haya sido tan adaptativo para la supervivencia y la propagación de los propios genes ayudar a un pariente directo como a un miembro no emparentado del grupo, si esto suponía que el grupo sobreviviera y prosperara, lo cual en definitiva habría beneficiado al individuo y a sus genes. Este es probablemente el origen de muchos principios o normas que regulan la conducta prosocial.
En un estudio en el que se intentaba determinar en qué condiciones influye más el parentesco o las normas morales, Burnstein, Crandall y Kitayama (1994) pedían a participantes de dos culturas diferentes (norteamericanos y japoneses) que eligieran a quié querían ayudar entre varias personas (parientes y no parientes), en una situación en la que dichas personas les hacían una petición de bajo riesgo o implicación (que les hicieran un recado), o de alto riesgo o implicación (que les salvaran de un incendio).
Los resultados, semejantes para ambas culturas, mostraron que:
En situaciones de vida o muerte (cuando la eficacia biológica inclusiva se ve reducida si muere el pariente) predominan los criterios de tipo moral y por normas sobre lo que es socialmente valorado, como ayudar al más necesitado o al más vulnerable (ayudando más, por ejemplo al enfermo que al sano y al pobre que al rico).
  • ALTUISMO RECÍPROCO Trivers (1971) acuñó este término para referirse a que un indiciduo puede tomar la decisión de ayudar o no al otro bajo la previsión de que el otro le devuelva a él o a sus parientes la ayuda en el futuro. Este mecanismo está intimamente relacionado con la norma de reciprocidad, a la que ya se ha hecho referencia.
En la segunda mitad del siglo XIX, Darwin intentó explicar, conforme a su teoría evolutiva, conductas como la que nos servirá de ejemplo para esta explicación: el “altruismo”, o la capacidad que presenta un individuo para favorecer a otro, incluso a riesgo de que ese acto reduzca o le haga perder toda oportunidad de tener descendencia. A pesar de constatar esta realidad, el prestigioso naturalista no encontró la forma de hallar algún tipo de recompensa biológica que justificara esta suerte de comportamiento, lo que bloqueó la creación y desarrollo de una teoría darwiniana del comportamiento social durante años.

  • LA NORMA DE RECIPROCIDAD aplicada a este contexto prescribe que deberíamos ayudar a quienes nos ayudan. regan (1971) mostró cómo el simple hecho de que un sujeto experimental (que realmente era cómplice del experimentador) le trajera un refresco a otro entre dos sesiones de un experimento hizo que este último le comprase más papeletas para un sorteo. Diversos autores han sugerido que el caracter aparentemente universal de la norma de reciprocidad es una evidencia de su naturaleza innata. La norma de reciprocidad es muy fuerte y existen numerosos datos que muestran su influencia en culturas diferentes (Gergen, Ellworth, Maslach y Sipel, 1975; Schroeder, Penner, Dovidio y Piliavin, 1995).
La literatura en este campo muestra que las personas están más didpuestas a ayudar a quienes les han ofrecido su ayuda anteriormente pero que además, ayudar a otros incrementa el estatus de una persona dentro de su comunidad. Existe incluso una teoría que defiende que, en ocasiones, ciertas personas están dispuestas a realizar acciones de ayuda muy costosas a pesar de que quien la realiza tiene los recursos y la habilidad suficientes para poder llevarla a cabo conlleva que perciban a esa persona con un mayor estatus (McAndrew, 2002).
En aquel trabajo Trivers trataba de solventar este espinoso asunto mediante la llamada Teoría del Altruismo Recíproco, una pauta de conducta en la que un organismo da un beneficio a otro sin esperar ningún pago inmediato. Ahora bien, para que esta situación se consolide ha de cumplir ciertas normas. En primer lugar el altruismo recíproco debe desencadenar un superávit de cooperación, en el sentido de que las ganancias para el beneficiario deben ser, al menos, un poco mayores que el coste para el benefactor. En segundo lugar, el beneficiario original tendrá que favorecer en el futuro a su benefactor si la situación se invirtiese. En el caso de que fallen alguna de estas dos circunstancias, el benefactor original no reincidiría en futuros actos de altruismo.
Para que el individuo altruista no sea explotado por los tramposos, se supone que el primero ha de contar con mecanismos para identificar y castigar a los segundos. Se trata de una pauta de comportamiento similar a la estrategia del “toma y daca” en la Teoría de Juegos: un jugador coopera con otro hasta que éste le traiciona. Dicha condición la extrapola Trivers a la conducta humana con el siguiente ejemplo: “Tenemos muchísima susceptibilidad ante los tramposos. Si estoy esperando en una de esas horribles colas para el control de seguridad en Estados Unidos y hay gente que se salta la cola y se pone al principio, dentro de mí crece un enfado enorme, desproporcionado al coste, que es muy pequeño, pero me resulta exasperante. Y creo que el motivo es que, si este tipo de trampas se repiten, un día tras otro, un mes tras otro, desequilibran las relaciones y pueden suponer un gran coste en nuestras vidas… Así que sentimos emociones muy intensas contra los tramposos y tenemos un sentido de la justicia muy fuerte, así como resistencia ante las situaciones injustas, por lo menos en la medida en que esta injusticia nos afecte. Estamos más que dispuestos a tener una relación injusta en la que es otro el que sufre la injusticia y nosotros negamos que sea injusto…”

Uno de los ejemplos de altruismo recíproco más paradigmáticos afecta al vampiro (Desmodus rotundus), un murciélago que se alimenta de sangre. Se ha observado que los individuos de esta especie comparten su alimento con otros miembros de su misma colonia que han tenido menos suerte en la cacería nocturna. Para ello, supuran por las fauces una parte de la sangre que han ingerido. Ahora bien, puesto que este comportamiento lo ejecutan por igual todos los individuos de la colonia, el acto en apariencia altruista es en realidad un “hoy por ti, mañana por mí”.
¿Mutualismo derivado o altruismo recíproco? Sea cual sea la interpretación correcta, lo cierto es que la cooperación en el mundo animal nos evoca el origen brumoso y lejano de sentimientos tan genuinamente humanos como la solidaridad o la venganza.  

  • SELECCIÓN DE GRUPOS desde esta perspectiva, el éxito evolutivo se puede dar a nivel individual pera también a nivel grupal. Según esta teoría, cuando dos grupos compiten entre sí, aquel que tenga más personas dispuestas a sacrificarse por su grupo, o a cooperar entre sí, será capaz de quedar por encima de un grupo en el que predominen las personas egoístas. Aunque durante mucho tiempo esa idea, sugerida inicialmente por Darwin, ha sido desechada por falta de apoyo empírico, actualmente ha sido retomada para contrarrestar el excesivo énfasis en los genes como único nivel de selección (Caporael, 2001; Sober y Wilson, 1998; Wilson y Wilson, 2007).
La propuesta de considerar que las tendencias prosociales pasan de generación en generación vía genes tiene dos implicaciones:
  • 1ª: debería haber procesos fisiológicos o neurológicos que favorecieran que la conducta altruista tenga lugar
  • 2ª al menos algunos de los mecanismos que faciliten la conducta prosocial son heredados. De ahí el interés de tener en cuenta las bases biológicas y genéticas de la conducta prosocial.
Bases biológicas y genéticas de la conducta prosocial
Desde esta perspectiva se aume que en la mayoría de las ocasiones no parece que las personas realicen la conducta prosocial reflexivamente, aunque sí existe un componente o estado afectivo o emocional que antecede a dicha conducta. Los acercamientos a la conducta prosocial desde esta perpectiva se han centrado sobre todo en un estado afectivo en particular, la empatía.
La empatía como estado afectivo es la capacidad de experimentar las mismas emociones que otra persona a la que está observando. Es algo ya aceptado en la literatura que muchas repuestas empáticas preceden a conductas prosociales, y que la empatía aparece en los humanos desde la más temprana infancia, lo cual llevaría a pensar que es algo innato.
Preston y de Waal (2002) elaboraron el modelo de “percepción acción” para tratar de explicar la empatía desde el punto de vista de la neuroanatomía. Según este modelo, si una persona presta atención al estado emocional de otra, se activa en su cerebro una representación de dicho estado emocional que genera una respuesta asociada a él. Como las personas pasan mucho tiempo con sus familiares y amigos, el beneficio biológico de ayudarles sería el resultado de una organización enormemente adaptativa de sus sistema nervioso que les predispondría a experimentar empatía y a realizar conductas prosociales.
A pesar de todo, no se ha identificado una zona concreta del cerebro donde esté localizada la empatía. De hecho, los investigadores no hablan de “zonas”, y menos de “órganos”, sino de sistemas interconectados para una habilidad concretaSe ha localizado en la corteza cerebral un grupo de neuronas con la capacidad de descargar impulsos, tanto cuando una persona observa a otra realizar un movimiento, como cuando es el propio individuo quien lo hace. A estas neuronas se las ha denominado  “neuronas de espejo”. Forman parte de un sistema de “percepción/acción”, de modo que la observación de movimientos de la boca o mano o pie de otro, activa en el observador las mismas regiones de la corteza motora que si él mismo estuviera realizando esos movimientos (Blakemore y Decety, 2001), a pesar de que esta activación motora no se transforme en movimiento.
Algunos psicólogos del desarrollo han criticado el modelo de “percepción/acción” considerando que la relación que establece entre los procesos neurológicos y la respuesta empática es demasiado simple y no tiene en cuenta los cambios a lo largo del desarrollo del individuo.
Variables que influyen en el desarrollo de la conducta de ayuda en las personas.
  
LA CONDUCTA DE AYUDA INTERPERSONAL
¿Por qué ayudamos a los demás?
 En las décadas de los 80 y 90 del siglo pasado, la principal preocupación de los psicólogos en el área de la conducta de ayuda fue determinar que qué ayudamos a los demás. se propusieron principalmente tres mecanismos explicativos:
  • El aprendizaje
  • Los valores morales, sociales y personales
  • Activación o emoción
  • La explicación basada en el aprendizaje propone que las personas aprenden a ayudar por los principios del refuerzo y el modelado. Según el principio de refuerzo, aprenderemos a ayudar si somos recompensados por ello. Simplemente diciendo “gracias”, aumentamos la probabilidad de que la persona que ha realizado el comportamiento de ayuda vuelva a ayudar, y no sólo a nosotros, sino también a otras personas. En cuanto al modelado, los programas de televisión, por ejemplo, podrían fomentar la conducta de ayuda a través de  modelos que se comportan prosocialmente.
  • En lo referente a valores sociales morales y personales, normas tales como responsabilidad social y reciprocidad, a las que ya nos hemos referido, u otras de carácter más personal, como por ejemplo, ayudar como un medio para mantener una imagen positiva de uno mismo, para conseguir alcanzar los propios ideales o satisfacer necesidades personales, pueden ser motivos suficientes para ayudar.
Esta perspectiva postula que hay unas normas que tenemos interiorizadas y que nos dictan cuándo deberíamos ayudar a una persona. Desde este enfoque, los factores sociales son más importantes que los biológicos para explicar el comportamiento prosocial.
Schwart (1977) trabajó sobre la diferencia entre las normas sociales y las personales. Este autor sugiere que las personas construyen las normas para situaciones específicas, por lo que podrían ser diferentes en el mismo individuo en distintas situaciones. No obstante, las personas con estructuras de valores más estables tenderían a comportarse igual en la mayoría de las situaciones. Más adelante: Schwart y Howard (1981) proponen su modelo procesual de altruismo, con cinco pasos:
  • 1- Atención: la persona se da cuenta de que alguien necesita ayuda, se selecciona una acción altruista y el individuo se autoatribuye la competencia necesaria para llevarla a cabo.
  • 2- Motivación: el individuo se construye una norma personal y se genera el deber moral de ayudar.
  • 3- Evaluación: la persona compara los costes y lso beneficios de ayudar.
  • 4- Defensa: la persona puede hacer una evaluzación anticipada de qué sucedería si no toma la decisión de ayudar, lo cual obviamente reduce la probabilidad de hacerlo.
  • 5- Conducta: es el resultado de la decisión final, en la cual puede influir un efecto boomerang, por el cual las personas con gran probabilidad de comportamiento altruista no ayudarán si piensan que intentan aprovecharse de ellos.
Además de estas normas morales sociales, personales, la gente también se guía por normas de justicia social. Una de las principales es la de equidad: dos personas que hacen una misma contribución deberían tener la misma recompensa. Existen estudios que muestran que las personas que han recibido más recursos, o que se han ganado más dinero en un juego, tienden a dar parte al que ha perdido para tratar de restaurar la equidad (Schmitt y Marwell, 1972; Walster, Walster y Berscheid, 1978).
 Las normas de reciprocidad y justicia social parecen comunes a todas las sociedades. En cambio según algunos autores, la norma de responsabilidad social (debemos ayudar a quienes dependen de nuestra ayuda) no es universal (Miller y Luthar, 1989). Mientras que en unas culturas se cumple habitualmente la norma moral de ayudar a quien lo necesita, en otras depende más del contexto y de las atribuciones que se hagan de por qué se necesita la ayuda. Por ejemplo, se ha estudiado cómo influye el que se trate de una cultura individualista o colectivista. Bontempo, Lobel y Triandis (1990) encontraron que, aunque no había diferencias en cuanto a la intención de ayudar entre una muestra de estudiantes norteamericanos (cultura individualista) y otra de estudiantes brasileños (cultura colectivista) cuando debian responder publicamente, en privado los primeros estaban mucho menos dispuestos a hacerlo por los segundos, sobre todo si prestar ayuda suponía un coste personal elevado, y mostraron poco entusiasmo por cumplir con lo que se esperaba de ellos, mientras que los brasileños afirmaban diafrutar con ello.La conclusión de los autores es que en las culturas colectivas las personas tienen mucho más interiorizadas las normas del propio grupo; en cambio, los miembros de culturas individualistas cumplen  esas normas por la presicón de la deseabilidad social.
  • El tercero de los mecanismos propuestos para explicar por qué  ayudamos, es decir, la activación y la emoción, tiene que ver con la importancia de los aspectos emocionales en el comportamiento de ayuda. Las personas se activan ante el malestar de los demás, y esto ocurre en todas las culturas (Eisenberg y Fabes, 1991).
Cuando las emociones se activan, las personas pueden  ayudar a los demás, pero pueden hacerlo por dos motivos distintos:
  • -para reducir su propio malestar, lo cual se se interpretaría como una motivación egoísta.
  • -porque se ponen en el lugar del otro y quieren aliviar el malestar de esa persona, es decir, por una motivación altruista.
El principal defensor del primer argumento es Robert Cialdini, y del segundo es Daniel Batson.
Desde la perspectiva de la motivación egoísta, el equipo de Cialdini propuso el modelo del alivio del estado negativo (cialdini, Kendrich y Baumann, 1982). Segúnn este modelo, las personas ayudan para:
  • obtener un premio
  • evitar un castigo
  • librarse de un estado emocional negativo
Cuando experimenta sentimientos de culpa o de tristeza al ser testigo del daño sufrido por otra persona, el individuo se siente motivado a reducir su propio estado emocional negativo. Una forma de hacerlo es ayudando, si cree que eso le hará sentirse mejor, pero si encuentra otra posibilidad para reducir el malestar, no ayudará. Según este modelo, el estado emocional negativo puede producir comportamiento de ayuda independientemente de a qué se atribuya  el problema de la víctima (ya que se pone el énfasis en uno mismo), y la conducta de ayuda sólo es una alternativa más para solucionar la activación negativa. Los defensores de esta perspectiva no sólo plantean que la motivación por la cual ayudamos es egoísta, sino además que no existe relación entre la conducta de ayuda y la motivación empática (Cialdini, Brown, Lewis, Luce y Nueberg, 1977). Sin embargo, parece consistentemente probado que la preocupación empática produce un comportamiento de ayuda motivado altruistamente.
Existen diversas definiciones de empatía.
  • Empatía es la capacidad que consiste en inferir los pensamientos y sentimientos de otros, lo cual genera sentimientos de simpatía, comprensión y ternura (Batson et al., 1997).
  • También se ha definido como una habilidad social que permite a la persona anticiparse a lo que otras personas piensan y sienten, para poder comprender y experimentar su punto de vista.
En general, se acepta que existen dos tipos de empatía:
  • cognitiva
  • emocional.
La empatía cognitiva se refiere a tomar la perspectiva de la otra persona, es decir, ponerse en su lugar.
La empatía emocional tiene dos variantes
  • constiste en experimentar las mismas respuestas emocionales que experimenta la otra persona (empatía paralela),
  • reaccionar emocionalmente ante las experiencias que eso otra persona está viviendo (empatía reactiva).
El primero de los tipos de empatía (cognitiva) es lo que suele conocerse con ese mismo nombre, es decir, empatía, o también toma de perspectiva.
La empatía emocional se conoce como simpatía, respuesta emocional o toma de perspectiva afectiva.
Existen pruebas de que la empatía produce efectos positivos tanto cuando se utiliza en un contexto interpersonal como cuando se aplica en un contxto intergrupal.

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