La empatía

La empatía produce efectos positivos cuando se utiliza en un contexto interpersonal

Batson y sus colaboradores (1977) realizaron tres estudios donde inducían empatía hacia una mujer joven con SIDA, un vagavundo o un sentenciado a muerte. Los resultados mostraron que en los dos primeros casos mejoraban las actitudes de los participantes no sólo hacia el individuo en cuestión, sino hacia el grupo afectado como un todo. En el tercer caso, no se produjo un cambio inmediato, pero las actitudes hacia el condenado mejoraron una o dos semanas después. Batson ha realizado más estudios en años posteriores demostrando que es posible mejorar la actitud hacia un individuo mediante la inducción experinmental de empatía, y que los beneficios se extienden al grùpo al que ese individuo pertenece. El problema es que las actitudes no siempre se convierten posteriormente en comportamientos.
Sin embargo, Batson, Chang, Orr y Rowland (2002) realizaron un estudio donde mostraron que inducir empatía también tenía un reflejo en el comportamiento. A los participantes se les presentaba una entrevista con una adicta a la heroína y después se les solicitaba su opinión acerca de unos fondos que una determinada Agencia del Senado debía destinar a la ayuda a otros drogadictos. Mientras que a unos sujetos se les decía que fueran objetivos el escuchar el mensaje, a otros se les hacía que tomasen la perspectiva de la drogadicta. cuando se indujo empatía en los participantes, no sólo mejoraron su actitud hacia otros drogadictos sino que también estuvieron de acuerdo con realizar una ayuda económica mayor para otros drogadictos que aquellos a los que no se les había inducido la empatía.

La empatía produce efectos positivos cuando se aplica en un contexto intergrupal

Stephan y Finlay (1999) realizaron una revisión de los estudios que apoyaban que utilizar la empatía en ámbitos intergrupales podía reducir el prejuicio y mejorar las relaciones entre los grupos. Argumentaban que el efecto positivo de la empatía en un contexto intergrupal se puede deber a que podría reducir las diferencias intergrupales y la ansiedad de los miembros de cada grupo ante una posible situación de interacción, ya que al tener que ponerse en “la piel ” del otro grupo éste se vería como más cercano.

Finlay y Stephan (2000) proporcionaron información a 141 estudiantes sobre los incidentes de discriminación que se producen habitualmente en contra de los afroamericanos. Compararon una condición de control (en la que no se pedía a los participantes que empatizaran con el otro grupo) con otra manipulación (toma de perspectiva), en la que se les pedía que empatizaran con los mienbros del grupo discriminado. Los sujetos que participaron en la condición de manipulación mostraron menos prejuicio hacia los afroamericanos que los que se sometieron a la condición de control.

Una de las ventajas de la empatía es que se puede entrenar a las personas para que la sientan a través de ejercicios d role-playin (Barak, 1990; Erera, 1997).
  • Lo que se hace es utilizar unas instrucciones para que el sujeto empatice con alguna persona (como decirle, por ejemplo, “Trate de ponerse en el lugar de la otra persona”, “Intente sentir lo que estaría sintiendo cierta persona en determinada situación”, y si además, se le pide que lo visualice o que lo escriba, todavía puede resultar más eficaz).
  • Después se compara a los sujetos que han recibido instrucciones con otros a los cuales no se les ha realizado la manipulación empática.

*Los resultados muestran que se ayuda más a otras personas cuando se han recibido instrucciones para empatizar con ellas.

En resumen, en las explicaciones de por qué la gente ayuda a otros se combinan factores de tipo emocional y cognitivo, tan relacionados entre sí que sólo tiene sentido separarlos por razones de claridad expositiva.
El aprendizaje de las normas sociales nos hace esperar determinadas recompensas o castigos sociales por actuar de manera prosocial o dejar de hacerlo.
Por otra parte, las normas personales nos hacen experimentar una activación emocional desagradable cuando no actuamos de acuerdo con nuestros criterios de responsabilidad y obligación de ayudar a otros. En cuanto a los factores emocionales propiamente dichos, su efecto motivador de la ayuda depende de cómo se interprete la activación fisiológica que se siente en un determinado momento.
  • Si se trata de emociones negativas, como la ira o el desprecio, la  motivación resultante es la de no ayudar.
  • Si son emocionales negativas de otro tipo, como inquietud, tristeza, o culpabilidad, la motivación es egoísta y la conducta de ayuda tiene como fin reducir ese malestar emocional en quien la realiza.
  • En cambio si la persona interpreta su activación como preocupacióm empática por el problema de la otra persona, la motivación es altruista y la conducta de ayuda tiene la finalidad de reducir el malestar de quien la recibe.
¿Quién es más probable que ayude a otros?

Dos aspectos concretos han llamado la atención de los psicólogos sociales en relación con esta cuestión: ¿ayudan más las mujeres o los hombres?, y ¿se ayuda por igual en todas las culturas? La respuesta a la segunda pregunta, es negativa. En cuanto a la primera pregunta, la respuesta depende de diversas variables.
Hay  una inconsistencia general en la literatura sobre si los hombres ayudan más que las mujeres o sucede al contrario. Aunque diversos estudios muestran que las mujeres, correspondiendo con el estereotipo de que las mujeres son el género prosocial, sin embargo, en las medidas fisiológicas y no verbales de la empatía no se han encontrado diferencias de género. La conclusión que parece extraerse de las investigaciones  realizadas sobre esta cuestión es que realmente depende del tipo de ayuda y del rol social (la función que la persona desempeña independientemente de que sea hombre o mujer). Respecto al tipo de ayuda, se asume que en  situaciones peligrosas, que requieren iniciativa y una intervanción activa, es más probable que intervengan los hombres.
Un meta-análisis de 99 estudios empíricos confirmó:
  • -que los hombres ayudaban más que los mujeres en este tipo de situaciones (Eagly y Crowley, 1986).
  •  -Además, la probabilidad de recibir ayuda en estos casos era mayor para las mujeres que para los hombres.
 La otra respuesta nos la da tener en cuenta el rol social. por ejemplo, pensemos en una mujer bombero, policía o médico. A pesar de enfrentarse a situaciones peligrosas y/o de emergencia, no debería de haber diferencias en su tendencia a ayudar con respecto a un hombre, porque forma parte de su trabajo.
Respecto a si se ayuda por igual en todas las culturas, existen diferencias culturales en este tipo de comportamiento.
El papel de la cultura y el ambiente en la conducta de ayuda
Nuestra disposición a prestar ayuda a un desconocido puede variar considerablemente en función de un conjunto de factores como:
  • las variables ecológicas
  • los indicadores socioeconómicos
  • los rasgos de personalidad
  • los valores culturales.
En este sentido, a nadie se le espapa que en ciudades con una elevada densidad de población, altas puntuaciones en criminalidad, climas inhóspitos, y contaminación ambiental y/o acústica, las personas tienden a no ofrecer su ayuda a un extraño, entre otras causas, porque viven en un contexto ambiental hostil.
Levine apunta, a través del análisis de la conducta de  ayuda y del comportamiento cooperativo, cómo el clima y la densidad de población indicadores pertenecientes a un contexto ecológico), pueden estar incluyendo sobre la conducta de ayuda y el voluntariado. Así a mayor densidad de población se presta menos ayuda a un desconocido. Este resultado es congruente con el efecto del espectador y de la difusión de responsabilidad.
Ahora bien, afirmar que el ambiente condiciona nuestros comportamientos altruista, prosocial y de cooperación es ser excesivamente determinista y no tener en cuenta otros factores que explicarían, por ejemplo, por qué una ciudad como Calcuta, con una alta densidad de habitantes por kilómetro cuadrado y condiciones medioambientales desfavorables, presenta altas puntuaciones en conducta de ayuda en comparación con otras ciudades analizadas en la investigación transcultural de Levine y sus colaboradores (2001).
En los estudios observacionles realizados por el equipo de Levine en 23 ciudades de los cinco continentes, los investigadores analizaron tres conductas espontáneas de ayuda que no supusieran una situación de emergencia: avisar a un peatón al que se le había caído un bolígrafo, ayudar a una persona escaloyada a recoger unas revistas del suelo y a acompañar a un ciego a cruzar la calle. Los resultados mostraron que la disposición a ofrecer ayuda a un desconocido presentaba un perfil cadi similar para las tres conductas analizadas en cado una de la ciudades estudiadas, pero también existía diversidad cultural. Una conclusión que puede sacarse de estos trabajos es que no podemos suponer que una variable aislada (por ejemplo, el clima o el paso rápido al caminar) pueda ser determinantes en nuestra conducta de ayuda, ya que la explicación es multicausal.
Esta multicausalidad queda patente en el capítulo de Carrera, Caballero y Oceja (2003), en el que presentan diferentes relaciones entre la conducta de ayuda y variables de tipo socioeconómico, cultural y psicológico. Así, las personas pertenecientes a países con un elevado índice de desarrollo humano, es decir, con una buenas condiciones económicas, sanitarias y educativas, se caracterizan por prestar poca ayuda a un desconocido. De este resultado se desprende que las personas que viven en contextos más pobres tenderían a ofrecer su ayuda a un extraño. De hecho, los resultados de un análisis multinivel realizado con muestras pertenecientes a 33 países pusieron de manifiesto una relación positiva y estadísticamente significativa entre el voluntariado y el clima inhóspito y el bajo nivel de ingresos de un país. Es decir, las personas con escasos ingresos económicos y que, además, viven en climas desagradables se caracterizaron por un comportamiento más cooperativo.
Respecto a los valores culturales, y  tras lo expuesto hasta ahora, podríamos pensar que en las sociedades colectivistas, puesto que suelen se más pobres que las individualistas, se prestará más ayuda a los desconocidos. al mismo tiempo, dado que los individualistas están más centrados en el éxito y el logro, y se caracerizan por un mayor desarrollo social y un ritmo de vida más acelerado, lo esperable sería que ofrecieran ayuda con menos frecuencia que los colectivistas. Esto es lo que obtenían Bontempo y sus colegas en el estudio que se ha comentado. Sin embargo, otros resultados de investigación no muestran una asociación significativa entre la dimensión cultural individualismo-colectivismo y la conducta de ayuda. Una posible explicación es que los colectivistas establecen diferencias más marcadas entre el endogrupo y el exogrupo que los individualistas y, como consecuencia, pueden cooperar más con miembros de su endogrupo, pero suelen ser más competitivos y distantes con las personas desconocidas. En cambio, los individualistas, en caso de prestar ayuda, no tienen en cuenta la pertenencia grupal del que la necesita.
¿¨Cómo se explicaría, entonces, que en  el estudio transcultural de Levine (2001) se encontrara que ciudades caractizadas por valores colectivistas, como por ejemplo, Rio de Janeiro y San José de Costa Rica, mostraban un alto índica de conducta de ayuda ante un desconocido, en contradste con culturas individualista, (por ejemplo, Nueva York ocupó uno de los últimos puestos del ranking)? La explicación que proponen Levine y sus colaboradores es qye kas culkturas colectivistas latinas enfatizan la “simpatía” (algo que no ocurre en las culturas colectivistas asiáticas; por ejemplo, los patrones de ayuda encontrados por Levine en Rio de Janeiro y en Singapur muestran una importante diferencia porcentual, 93,33% y 48%, respectivamente).

Según Triandis, Marín, Lisansky y Betancourt (1984), en las sociedades latinas se valora la capacidad de “ser simpático”, de mostar simpatía hacia los otros. La siguiente cita ilustra en qué consiste esta capacidad: *Ser cortés en America Latina quiere decir ser simpático, hacerse querer. En un contexto en el que la opinión de los demás es tan importante, la seducciñon se inscribe en las normas de convivencia: cuanod unodice “buenos días” lo acompaña de una frase valorizante (“qué bien te ves”); se hacen comentarios agradables, aunque nadie cree realmente; se hacen poruqe así es la costumbre. De la misma manera, cierteas frases afirmativas no implican un compromiso sino que son sólo un rito (“te llamo uno de estos d´´ias”, o “espero que nos volvamos a ver”); nadie las interpreta como mentiras.* . (Vázquez y Araujo, 1990, pp.59-60).

En definitiva, el individualismo-colectivismo no presenta una influencia simple sobre la conducta de ayuda ya que variables como la pertenencia grupal y la simpatía pueden estar mediando entre los valores culturales y los comportamientos prosociales.

En conclusión, a través de la conducta de ayuda vemos cómo los valores culturales, las variables socioeconómicas y el ambiente se  entrelazan entre sí. Hay que tener en cuenta, además, como señalan Levine (2003), que en muchos contextos lo adaptativo es no ayudar. Por ejemplo, en ciudades como Tel Aviv, donde existe una alta incidencia de terrosrismo, no es habitual, ni recomendable, que una persona recoja ningún objeto sin asegurarse previamente de su procedencia, ya que este acto de prestar ayuda sin tomar precauciones puede tener un fatídico desenlace.

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